Llegó un día cualquiera, entró por la ventana y decidió que mi casa iba a ser su casa.
Nosotros somos pacíficos con los animales en general, y con los moaños en particular. Pequeñito, regordeto y con 8 patas.
Lo descubrí una mañana de sábado, de esas en las que te despiertas tranquilamente, te desperezas en la cama, abre los ojos y miras al techo. Allí estaba el moaño.
Estaba quietecito, mirándome fijamente, porque creo que sabía que me había despertado.
“Un moaño vive con nosotros”, le dije a J. y allí se quedó, viviendo en su nueva casa, nuestra casa.
Pero anoche, el moaño había decidido mudarse, había cambiado su ubicación y estaba en la pared, cerca de la puerta, al lado de mi bufanda, que colgaba de un perchero…y tuve miedo… pensé que su vida corría peligro, ya que podía decidir subir a la bufanda, y en la bufanda, siendo tan chiquitín, podía ser que yo no lo viera y fuera aplastado por mi mano, o alguna desgracia semejante.
Así que, a las 11 de la noche de ayer, tras hablarlo con J. tomé una decisión, lo subí a un pequeño papelito (que hizo para él de medio de transporte) y lo acompañé al rellano de mi escalera para despedirme de él… allí le deseé lo mejor, le deseé mucha suerte en su nueva búsqueda de hogar, y entré a casa con mucha pena, pensando en qué sería de él.

Pero ahora, creo que será feliz en el rellano de la escalera.
Esta mañana al salir lo he buscado por el techo, en el rellano de la escalera, pero no estaba. Tampoco en el ascensor.
Quiero pensar que se ha encontrado con una moaña feliz, de su tamaño, o con otro moaño, para que no esté solo, y que están en algún rinconcito cálido del edificio tejiendo su tela para conseguir cazar bichitos de los que pican.