Últimamente, no se por qué, me he acordado mucho de las monjitas de mi cole, el cole en el que yo estudié cuando era pequeña.
Y, pensando en cuanto me gusta escribir, y en lo que me divierte, estuve contándole el otro día a J la historia del Concurso de Redacciones.
Cuando era pequeña y estaba en el colegio con las monjitas, en el Ayuntamiento de mi ciudad se organizó un concurso de redacciones, y yo, que desde que era un mico de 3 años leía y leía sin parar, y escribía también lo que podía (mis diarios, y cosas así), me alegré un montón cuando, en la clase, la monjita nos dijo que íbamos a escribir todos una redacción sobre los árboles de Andalucía (más o menos ese era el tema).
El procedimiento era que todos escribíamos la redacción y, al día siguiente, ella se las llevaba, las leía y escogía las 3 mejores…
Llegué toda feliz con mi redacción. Recuerdo que me pasé toda la tarde en el salón, sentada en el sofá escribiendo, borrando, preguntando cosas a mi padre sobre los árboles, y al final, lo pasé todo a limpio y lo llevé al cole.
La monjita las cogió todas, las leyó y finalmente devolvió las que no eran tan buenas como para presentarlas al concurso… entre ellas la mía.
Yo llegué a mi casa toda acongojada, porque había escrito un churro… con todo lo que me había esforzado no había conseguido ni pasar a la final…
Mi padre, que me vio toda apurada, cogió mi redacción y me dijo que no me preocupase, que si yo quería presentarme al concurso, me iba a presentar. Y como el concurso era abierto para todos los niños (yo en esa época ni de normas ni de nada de eso entendía…) se llevó mi redacción al Ayuntamiento y la presentó al concurso.
Unas semanas más tarde, un guardia municipal se presentó en mi casa mientras yo estaba en el cole. Me lo contó mi madre al llegar. Y me contó que el policía le había entregado una carta y le había dicho que era por un concurso de redacciones que el Ayuntamiento organizaba. Y al abrir la carta ¡¡había ganado el primer premio!!
Al día siguiente, loca de contenta, se lo conté a mis amigas en clase, la voz se corrió y la monjita, se acercó a felicitarme y, unos días más tarde, me dijo, que como yo era de ese cole, el premio debía ser para ese cole. Y claro, no me hizo falta ni preguntarle a mi madre o a mi padre qué debía decir, le expliqué al a monja, que eso no podía ser, que como la redacción no la presentó el cole, que el montonazo de libros que me iban a dar (el premio era un lote de libros) era mío, y no del cole. Como la redacción y el premio.
Y así fue como las monjas me dieron una lección que ahora me sirve muchísimo e intento aplicar en el trato con los alumnos. Aprendí que no hay que hacer categorías con el trabajo de los niños, que no hay que decirle a alguien que no es bueno para algo, que no hay que ignorar nunca el trabajo que hacen, porque no sabemos la dedicación o ilusión que han puesto en hacerlo y también que no hay que crear competitividad entre ellos… y por eso, les estoy agradecida.